Pilar 1983: una ciudad a merced del río

PILAR 1983: UNA CIUDAD A MERCED DEL RÍO

En Paraguay, las inundaciones se repiten tanto que a veces parecen parte del paisaje: ríos que se desbordan, barrios sumergidos, familias que se mudan y vuelven una y otra vez. Pero detrás de cada crecida hay una pregunta clave: ¿hasta qué punto estas inundaciones son obra de la naturaleza y hasta qué punto resultado de cómo organizamos nuestras ciudades y nuestro territorio?​

Paraguay es un país de ríos, esteros y planicies, con un clima cálido y lluvias abundantes, sobre todo en primavera y verano. Es decir, el agua siempre va a estar ahí: los desbordes y las crecidas son parte de la dinámica natural de ríos como el Paraguay y el Paraná. Lo que convierte esa dinámica en desastre no es solo la lluvia, sino la combinación con ciudades mal planificadas, vivienda precaria y ausencia de infraestructura protectora.​

La gran inundación de Pilar en 1983 es un ejemplo contundente de cómo se construye el riesgo. Pilar, en Ñeembucú, está asentada sobre una llanura de inundación del río Paraguay, lo que ya supone un desafío permanente. A comienzos de los años 80, una combinación de lluvias intensas en la cuenca, exceso de agua en el Pantanal y un fuerte episodio de El Niño generó una crecida extraordinaria.​

En el puerto de Pilar, el río alcanzó niveles cercanos a los 10 metros, superando los umbrales críticos. La ciudad carecía de defensas costeras permanentes y de un sistema sólido de gestión del riesgo, por lo que la reacción inicial fue improvisar: muros de bolsas de arena, terraplenes provisorios, refugios y evacuaciones de urgencia. Cuando esas defensas temporales se rompieron, el agua avanzó sobre el casco urbano y cerca del 80% de la ciudad quedó bajo agua, obligando a evacuar a la gran mayoría de la población.​

Más allá de las cifras, el impacto fue profundamente humano: familias que perdieron sus casas, sus pertenencias y sus fuentes de ingreso, y que tuvieron que reorganizar su vida en refugios o en otras localidades. Esa inundación mostró con crudeza que la gravedad del desastre no depende solo de la fuerza del fenómeno natural, sino de la fragilidad previa de la ciudad y de sus habitantes.​

Al mismo tiempo, el evento dejó lecciones. Con el tiempo, impulsó la construcción de defensas costeras y colocó el tema de las inundaciones en el centro de la agenda pública local y nacional. Hoy, Pilar cuenta con una defensa que incluye diques, canal de derivación y estaciones de bombeo diseñadas para soportar crecidas superiores a las de 1983, lo que representa un avance importante en la protección de la ciudad. Sin embargo, los especialistas recuerdan que las obras, por sí solas, no alcanzan si no se acompaña con buena planificación urbana y una reducción real de la vulnerabilidad social.​

 

¿Qué podemos hacer frente a las inundaciones?

Si asumimos que las inundaciones no son solo fenómenos naturales inevitables, sino desastres que se construyen socialmente, también podemos asumir que es posible reducir el riesgo y los daños. Eso implica pasar de una lógica puramente reactiva, centrada en la emergencia, a una gestión del riesgo más preventiva y justa.​

Algunas líneas de acción clave que señalan los estudios son:​

  • Ordenamiento territorial que limite la ocupación de llanuras de inundación y garantice alternativas habitacionales seguras para quienes hoy viven en zonas de alto riesgo.
  • Infraestructura protectora (defensas costeras, desagües, estaciones de bombeo) planificada con base en datos históricos y escenarios de cambio climático.
  • Fortalecimiento de las capacidades comunitarias: organización barrial, redes de apoyo, educación sobre riesgo y participación real en las decisiones.
  • Políticas públicas sostenidas, que integren el tema inundaciones en vivienda, salud, educación y desarrollo urbano, y no lo traten como un problema aislado.

Hablar de inundaciones en Paraguay es hablar de cómo queremos vivir y de qué ciudades queremos construir. No podemos controlar la lluvia ni el caudal de los ríos, pero sí podemos decidir dónde y cómo construimos, a quién protegemos primero y qué modelo de desarrollo elegimos. Reconocer que el desastre no es solo “culpa del clima”, sino también resultado de decisiones humanas, es el primer paso para construir un futuro donde el agua siga siendo parte de nuestra identidad, pero deje de ser una amenaza constante para los más vulnerables

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Sobre la Autora →

Nunila Beatriz Ramos. Profesional en Ciencias Contables, integrante del equipo técnico-administrativo de la FACSO. Con base en su experiencia previa en el sector servicios, orienta su trayectoria hacia la gestión institucional y el compromiso comunitario en la ciudad de Lambaré. Participante del curso de postgrado “Gestión Integral del riesgo de desastres y adaptación del cambio climático” organizado por la FACSO-UNA en el año 2025.

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