
DIPLOMACIA PARA PREVENIR DESASTRES
En una conferencia internacional de seguridad a la que asistí en el 2025, algo me sorprendió: los desastres aparecían como el segundo gran riesgo global, justo después de los ciberataques. Eso refleja un cambio de mirada: ya no se ven solo como “tragedias naturales”, sino como amenazas que pueden desestabilizar regiones enteras.
En América Latina y el Caribe esto es evidente. La región es una de las más propensas a desastres en el mundo, con cientos de eventos que afectan a millones de personas y generan pérdidas económicas enormes cada año. A pesar de eso, seguimos gastando mucho más en reconstruir después que en prevenir antes.
En esta ocasión quise mirar un ángulo poco discutido: qué puede hacer la diplomacia para cambiar esta historia. Es decir, cómo las relaciones entre países, los acuerdos regionales y la cooperación internacional pueden ayudar a que la prevención sea la regla, y no la excepción.
De la respuesta a la prevención
El punto de partida es el Marco de Sendai 2015–2030, que propone pasar de “gestionar desastres” a gestionar el riesgo. Sabemos que cada dólar invertido en reducción de riesgo puede ahorrar hasta 15 dólares en recuperación, pero esa lógica todavía no se traduce bien en los presupuestos.
En la práctica, la mayoría de los recursos en la región siguen yendo a la respuesta y la reconstrucción. La gestión prospectiva (evitar que se genere nuevo riesgo) y la correctiva (reducir el riesgo ya acumulado) siguen subfinanciadas. Ahí aparece mi pregunta central: ¿cómo puede ayudar la diplomacia preventiva a cerrar esa brecha entre el discurso y la acción?
Realicé una revisión sistemática de informes de organismos como UNDRR, Banco Mundial y BID, además de marcos normativos y experiencias regionales. Los datos muestran una región muy expuesta, con pérdidas económicas crecientes y un subfinanciamiento crónico de la prevención. Menos del 5% de la ayuda vinculada a desastres se destina a reducción de riesgo.
Diplomacia como arquitecta de resiliencia
El análisis revela varias brechas: falta de protocolos vinculantes para compartir datos en tiempo real, poca armonización para medir inversiones en prevención, fragmentación entre instituciones y tensiones políticas que dificultan la cooperación regional.
Como aporte, propongo ver a la diplomacia como una arquitecta de resiliencia, que articula cuatro capas:
- Normativa: acuerdos regionales vinculantes para datos, alertas y estándares de inversión preventiva.
- Financiera: instrumentos como seguros paramétricos y líneas de crédito contingente orientadas a prevención.
- Técnico‑científica: redes de diplomacia científica que generen y compartan evidencia neutral.
- Multinivel: coordinación entre gobiernos, sector privado, academia y sociedad civil.
Entre las recomendaciones están crear Unidades de Diplomacia Científica en las cancillerías y vincular parte de la cooperación internacional a la existencia de planes de reducción de riesgos de desastres basados en evidencia.
Por qué importa
Los desastres hoy se cruzan con crisis económicas, sociales y políticas. Si queremos que América Latina deje de ser una de las regiones más golpeadas, no alcanza con tener buenos sistemas de respuesta: necesitamos una diplomacia que trabaje antes, cerrando brechas y tejiendo cooperación para reducir riesgos.
La diplomacia debe dejar de ser solo gestora de ayuda después del desastre y se convierta en una herramienta para anticiparse, prevenir y construir resiliencia colectiva.
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Sobre la Autora →
Sonia Vázquez, Magíster en Relaciones Internacionales y Diplomacia, Licenciada en Informática. Especialista en implementación de estándares internacionales de seguridad y gestión de crisis en telecomunicaciones. Certificaciones internacionales en gestión de riesgos y continuidad del negocio. Participante del curso de postgrado “Gestión Integral del riesgo de desastres y adaptación del cambio climático” organizado por la FACSO-UNA en el año 2025.
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